| PROCESO
PRIMARIO - PROCESO SECUNDARIO:
De la indiscriminación
a la autonomía en el acompañamiento psicoterapéutico
Cómo se puede pensar el acompañamiento a la luz de
estas consideraciones? La necesidad de un Otro al nacer como condición
humana, se va transformando, a lo largo del desarrollo del sujeto,
en la necesidad de esos otros que representan la cultura, la socialización,
indispensables para la subsistencia.
Los desvíos en el desarrollo plantean una dificultad en
ese pasaje que va del Otro a los otros. Los pacientes que necesitan
para su tratamiento y recuperación de la estrategia del acompañamiento
psicoterapéutico, presentan una dificultad en ese pasaje.
El acompañante psicoterapéutico (AP) puede ser pensado
como un mediador entre el paciente y su realidad y un facilitador
para que ésta pueda ser asida operativamente ya que, en muchas
circunstancias es vivida más como hostil que como puente
para la realización de las necesidades y proyectos.
El lugar que ocupan las series complementarias para concebir la
tarea del AP es fundamental. Para que esta transmisión de
la realidad desde el Portavoz de P. Aulagnier, es necesario que
se cumpla que el receptor (el bebé), esté en condiciones
de recibirla.
En una entrevista sostenida con la madre de una paciente de 14
años con diagnóstico de autismo, desde mi lugar de
supervisora del acompañamiento de su hija, me decía
que ella notaba que durante el amamantamieto, su beba era diferente
a las otras, que no podía establecerse ese diálogo
de miradas que posibilita las primeras comunicaciones (indispensables
para esa transmisión de la realidad de madre a hija): su
niña tenía la mirada ausente, miraba a otra parte.
En este ejemplo, esa "madre suficientemente buena" de
la que habla Winnicott sufre un impacto y también en ella
se desorganiza la posibilidad de respuesta, se rompe esa misma estructura
sintáctica que define la complementariedad, surgiendo entonces
la necesidad de redefinir la modalidad de comunicación. Esta
mamá planteaba que lo importante para ella no era que su
hija aprendiera a sumar o a escribir, sino que pudiera higienizarse
por sí misma, preparar su almuerzo u ordenar su cuarto.
Todos estos son elementos importantes a tener en cuenta en el momento
de pensar una estrategia terapéutica. En este caso, la función
de la AP consistió en trabajar conductas concretas de la
paciente que apuntaran precisamente a esas posibilidades de autonomía,
junto a otras que le permitieran valorar esta tarea como placentera.
La paciente era asistida desde hacía varios años
por su psiquiatra, que administraba el tratamiento farmacológico
y psicoterapéutico quien, junto con la mamá coincidían
en lograr esos objetivos. Por qué entonces una AP?
La particularidad de la función del AP es su despliegue
en la cotidianeidad de la vida del paciente: la casa, la sala de
internación, el hospital de día, etc. Esto permite
articular dos variables: participar de la vivencia de la conducta
del paciente en el aquí y ahora (no a la manera de la situación
de laboratorio que podría ser el consultorio del terapeuta
y el relato del paciente de esa vivencia), trabajar en esa circunstancia
sobre la conducta concreta, dando una respuesta al paciente que
le permita percibir tanto su interpretación de esa realidad
como la otra, la que el AP le ofrece como otra alternativa para
operar más eficazmente que como hasta ese momento. El trabajo
en equipo implica que esto que le sucede al paciente es transmitido
al terapeuta (el profesional responsable del tratamiento), a fin
de integrarlo a su tarea con el paciente.
Es función del acompañamiento abrir un espacio de
"exclusividad atenta" en lo cotidiano del paciente que,
en el caso de ser ejercido por la mamá de nuestro ejemplo,
sería artificial e incluso iatrogénico dado que ella
tiene otras actividades y funciones que es saludable que las ejerza
(el trabajo, otros hijos, su vida social en general). Por otra parte,
el AP es un profesional formado y entrenado teórica y técnicamente
para interpretar la conducta del paciente, esto es comprenderla
en sus contenidos manifiestos y latentes, a fin de articular una
intervención que apunte a la modificación de los aspectos
regresivos y repetitivos.
La presencia de un AP en el tratamiento de un paciente implica
que éste necesita de una presencia física, concreta,
de sostén que le permita desarrollar actividades, cuando
solo no puede; el tratamiento será transitorio o permanente,
según la afección sea aguda o crónica.
El ser humano es un sujeto bio-psico-social y la noción
de series complementarias integra estas variables en la constitución
del sujeto. En el caso que he tomado como ejemplo estaba planteada
una afección orgánica-neurológica concreta
(bio) que produjo una distorsión desde el nacimiento mismo.
Pero, ese episodio traumático que desencadena la enfermedad,
como dice Freud, puede surgir en cualquier otro momento de la vida.
Vaya como ejemplo el de un paciente de alrededor de 40 años,
afectado de SIDA en su etapa terminal: esa realidad con la que hasta
un determinado momento de su vida se había manejado más
o menos adecuadamente, sufre una brusca y traumática transformación
y produce una vuelta del sujeto hacia sí mismo: la enfermedad
y la muerte. Del mismo modo que, lo operativo para la paciente del
ejemplo era el aprendizaje para su autovalimiento, con este paciente
el AP hubo de ensayar conductas que le permitieran reconectarse
con esa realidad de un modo más operativo y menos caótico.
Se puede pensar en este sentido el acompañamiento como el
"aprendizaje" de conductas operativas que le permitan
al paciente, a partir del reconocimiento de las herramientas con
las que cuenta, transformar esa realidad vivida como hostil en otra
que posibilite la realización de sus necesidades y proyectos.
Con estos dos ejemplos, extremos quizás, se intenta dar
cuenta de que ese recorrido de la libido y del yo desde la dependencia
y la indiscriminación hacia la autonomía y la diferenciación
puede sufrir de distintos modos un trauma que produzcan corte en
ese itinerario (desde el nacimiento o hacia la muerte), que impida
su consecución.
Cualquiera sea la causa: una afección neurológica
desde el nacimiento; un cuadro psiquiátrico, como un brote
esquizofrénico; un accidente que produzca una imposibilidad
motriz; un cuadro oncológico o terminal, la necesidad de
un AP siempre habrá implicado que se ha producido una regresión
y una desconexión con la realidad que inhabilita al sujeto
para poder habérselas con ella. Si hubo una propensión
a la autonomía y la diferenciación, se habrá
producido un retroceso hacia la indiferenciación y la dependencia
patológica. La tarea estará siempre al servicio de
producir en el paciente la emergencia de las conductas que apunten
a su autovalimiento. El AP puede ser entonces un sostén identificatorio
que hace con el paciente (y no por él), aquello que solo
no puede. Cómo trabaja el AP para cumplir ese objetivo?
Señalaba más arriba las distintas modalidades patológicas
y la importancia de conocer el modo en que el paciente procesa su
realidad; en ese sentido es indispensable la tarea en equipo, esto
es, el acompañamiento será siempre una estrategia
que se integra a la tarea de los otros profesionales; habrá
un profesional "de cabecera", responsable de la coordinación
del equipo. Así, cualquiera sea la afección de que
se trate, el especialista instruirá al AP de las características
de la misma como así también del curso que toman estas
variables en su paciente particularmente y de los objetivos que
se plantea para el tratamiento.
El modo en que habrá de abordarse la tarea será una
construcción entre paciente y AP. Al comienzo se pondrá
en juego el conocimiento y reconocimiento mutuos. Muchas veces el
acompañamiento es un tratamiento compulsivo en el comienzo,
el caso de un brote psicótico, por ejemplo. De ahí
la importancia de ese reconocimiento en la primera etapa a fin de
que paciente y AP se acepten y se elijan. Sólo a partir de
haberse establecido esa mutua elección es posible llevar
adelante la tarea. Puede haber algún tipo de rechazo (recíproco
o no); este hecho será analizado en la supervisión
de la tarea de acompañamiento como con el resto del equipo
a fin de evaluar los motivos de dicha situación y resolverla.
El tipo de vínculo que se establece entre el paciente y
su AP es de una estrecha intimidad, dada la cantidad de tiempo que
permanecen juntos (a veces varias horas diarias) y la característica
de esa presencia que, a partir de la contigüidad, permite al
AP conocer las distintas reacciones y conductas frente a los más
variados estímulos. Esto habrá de producir en el paciente,
tanto el plafón de confianza necesario para el vínculo
terapéutico, como también el despliegue de aspectos
persecutorios ante esa "presencia permanente": una paciente
nombraba a su acompañante como su sombra.
Las circunstancia compartidas por el paciente y su AP en el desarrollo
del tratamiento, los exponen a múltiples estímulos,
ampliando el campo transferencial. Pueden estar solos en el cuarto
del paciente, como en la calle, un cine, un bar o en una reunión
familiar. Estas variables producen transferencias múltiples
(intercambian entre ellos y con los demás, asignan y les
son asignados diferentes roles, desde lo real o lo imaginario) que
constituyen un rico material a ser incluido y analizado en la supervisión
de la tarea. La presencia del AP en el domicilio del paciente y
el intercambio con la familia que ello implica, permite implementar
estrategias dentro del entorno familiar que pueden apuntar a romper
con vínculos patológicos resultantes de atribuciones
y asunciones de roles esteriotipados dentro del marco de las conductas
cotidianas.
Una vez establecido esa transferencia entre paciente y AP (ese
reconocimiento y elección señalados más arriba),
podrá ir encauzándose la tarea hacia el cumplimiento
de los objetivos planteados. A la luz de las respuestas del paciente,
éstos podrán ser sostenidos o modificados de acuerdo
a la marcha del proceso.
Así como el tipo de patología puede ser diverso y
el AP trabajará siempre sobre los efectos psicológicos
de las mismas con la guía del especialista, la modalidad
variará de acuerdo a las características de cada paciente
pero, la esencia de la tarea pasa por el trabajo sobre las conductas
concretas, acotando la actividad a metas muy puntuales, primero
más inmediatas y luego más mediatas de acuerdo a las
posibilidades actuales del paciente, mediante la oferta de alternativas
sostenidas por un lenguaje, tanto corporal como gestual o verbal,
muy claro y conciso de parte del AP. Un paciente puede sentir pánico
por salir a la calle y, cualquiera sea la causa, con su terapeuta
podrá trabajar sus fantasmas; el psiquiatra administrará
una medicación que atenúe este efecto y el AP estará
inmerso en la escena: se encuentra en la calle, percibe corporalmente
la vivencia del pánico de su paciente, escucha lo que éste
relata de esa vivencia y le sostiene la mano para que pueda mantenerse
en esa situación e ir verificando hasta donde puede hacerlo.
Será distinto el accionar si el objetivo es que un niño
autista aprenda a comer por sí mismo, o que otro pueda viajar
solo de la institución a la que asiste diariamente hasta
su casa, o que un depresivo pueda volver a reconectarse con sus
actividades laborales después de un intento de suicidio,
pero siempre la función del AP consistirá en actividades
concretas que apunten a construir una realidad que le sea útil
al sujeto para, mediante ella, conseguir sus fines.
Si pensamos que la afección ha llevado al paciente a encerrarse
sobre sí mismo y la inclusión de la estrategia para
su reconexión con lo social, el AP sería el puente
y el sostén en ese tránsito de regreso a los vínculos
perdidos.
Silvia M. Azpillaga
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